jueves, 26 de abril de 2012

Durante mi (de)formación primaria y parte de la secundaria fui un chico miedoso y acomplejado. 
Como es natural en esa etapa, compañeros de escuela y vecinos se encargaron de recordármelo a diario humillándome y agrediéndome físicamente.
Solía, además, distraerme fácilmente con cualquier cosa que no estuviera asociada a los libros. Así que repetí (por primera vez) el tercer año de la secundaria y fui gentilmente invitado a cambiar de escuela.
No obstante la angustia personal y el cómoesposible de mi familia, me pareció entrever allí la oportunidad de cambiar la deplorable imagen que mostraba a mis pares.
Lo primero que hice en la nueva escuela fue identificar al tonto del curso, hostigarlo como hacían todos y -con la volatilidad de un tanque de gas propano y la dolorosa convicción de la fatal disyuntiva: "él o yo"- darle una o dos trompadas.
Luego, terceros tratarando de contener mi furia indómita. Sangre brotando de la nariz de mi oponente y la generalizada certidumbre de encontrarse en presencia de un espécimen fiero y peligrosamente inestable. Yo.
La sorpresiva maniobra fue vista con buenos ojos por los indeseables de la clase y aquellos que antes me maltrataron me recibían ahora con los brazos abiertos. 

Esto y el cielo fueron lo mismo para mí.

jueves, 19 de abril de 2012

Hago más o menos lo que me gusta. Me levanto y me acuesto cuando puedo o quiero. Tengo una mujer que me soporta, a veces hasta me quiere y -siempre, siempre- me da lo mejor. Dos seudo hijas que me tratan como si fuese un padre, aunque nunca me dirán papá. Un perro con mal carácter parecido a mí, y un canario viajero del tiempo que a la hora de la siesta canturrea bajito evocando momentos felices.
Es, lejos, mucho más de lo que alguna vez creí merecer.
Grandes y chicos, público en general, solo o en familia, en compañía de un padre, una madre, un tío, un tutor o encargado y hasta una mucama.
¿Quién no lo visitó alguna vez?

Silencio.

Mañana de sol, Veinte retoños, maestra, sanguchito y cantimplora y noventa minutos de chofer apure ese motor de Adrogué a Palermo.
Cual pétreo guardián del universo, ...un meteorito (otrora temerario guerrero sideral) franquea el acceso y nos da su resignada y gélida bienvenida.
Cuarenta bracitos se estiran para tocarlo, con la secreta ilusión de heredar algún oculto super-poder alienígena.

Lo peor no fue que esa mañana el planetario estuviera cerrado.
Desencanto general momentáneo y duda.
Notables, sin embargo, la velocidad resolutiva del líder y el alto espíritu del grupo.

Maestra: -¡No importa, chicos, hagamos un picnic!-
Chicos: -¡Siiiiiii!-

Vaya y pase, si al menos no nos hubiésemos comido los sanguchitos en el viaje.
Durante bastante tiempo, en algún oscuro rincón de mi memoria consciente, guardé... enterré -debo decir que con pretensiones de eternidad- recuerdos de experiencias dolorosas, culposas o perturbadoras, miedos y antiguos rencores.
Sin embargo cada mañana, aunque construí con esfuerzo una realidad más habitable, mas sana que la que forjó mi carácter, el espejo me devuelve un detallado c...atálogo de heridas abiertas y mezquindades pasadas -propias y ajenas- algunos recuerdos vívidos y cercanos, otros difusos y lejanos.
Como una mano que ahuyenta las moscas, el agua helada en la cara ayuda a disipar temporalmente los fantasmas el tiempo suficiente como para acabar de cepillarme los dientes y salir a vivir otro día.
Funcioné así hasta ahora.
Pero sucede que tengo (todos tenemos) una suerte de esfínter psíquico que mantiene a raya el rejunte de negrura que llevo dentro, una maraña indescifrable, una bola de pelos de sumidero, cuya existencia me empeño en negar sistemáticamente. Tan densa es la maraña que a veces temo sólo haber sorteado casualmente su tremenda fuerza de gravedad, pero que acabaré siendo engullido tarde o temprano.
El problema real con este esfínter es que en algún momento de nuestra vida empieza (por puro envejecimiento) a ceder, y va dejando escapar pequeñas o grandes oleadas de porquería corrosiva, y lo hace cada vez con mayor frecuencia, empezando a roer, contaminar y sabotear todo: vida, alma y cuerpo.
Habrá cuerpos o esfínteres más resistentes, otros menos, pero lo cierto es que a esta altura no hay parche que soporte, y que eso que está ahí debe salir.
Me veo en la emergencia de transitar un camino, uno solo, oscuro y sin fin, como el de alguna película de terror.