jueves, 26 de abril de 2012

Durante mi (de)formación primaria y parte de la secundaria fui un chico miedoso y acomplejado. 
Como es natural en esa etapa, compañeros de escuela y vecinos se encargaron de recordármelo a diario humillándome y agrediéndome físicamente.
Solía, además, distraerme fácilmente con cualquier cosa que no estuviera asociada a los libros. Así que repetí (por primera vez) el tercer año de la secundaria y fui gentilmente invitado a cambiar de escuela.
No obstante la angustia personal y el cómoesposible de mi familia, me pareció entrever allí la oportunidad de cambiar la deplorable imagen que mostraba a mis pares.
Lo primero que hice en la nueva escuela fue identificar al tonto del curso, hostigarlo como hacían todos y -con la volatilidad de un tanque de gas propano y la dolorosa convicción de la fatal disyuntiva: "él o yo"- darle una o dos trompadas.
Luego, terceros tratarando de contener mi furia indómita. Sangre brotando de la nariz de mi oponente y la generalizada certidumbre de encontrarse en presencia de un espécimen fiero y peligrosamente inestable. Yo.
La sorpresiva maniobra fue vista con buenos ojos por los indeseables de la clase y aquellos que antes me maltrataron me recibían ahora con los brazos abiertos. 

Esto y el cielo fueron lo mismo para mí.

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