Durante mi (de)formación primaria y parte de la secundaria fui un chico miedoso y acomplejado.
Como es natural en esa etapa, compañeros de escuela y vecinos se
encargaron de recordármelo a diario humillándome y agrediéndome
físicamente.
Solía, además, distraerme fácilmente con cualquier cosa
que no estuviera asociada a los libros. Así que repetí (por primera
vez) el tercer año de la secundaria y fui gentilmente invitado a cambiar de escuela.
No obstante la angustia personal y el cómoesposible de mi familia, me
pareció entrever allí la oportunidad de cambiar la deplorable imagen que
mostraba a mis pares.
Lo primero que hice en la nueva escuela fue
identificar al tonto del curso, hostigarlo como hacían todos y -con la
volatilidad de un tanque de gas propano y la dolorosa convicción de la
fatal disyuntiva: "él o yo"- darle una o dos trompadas.
Luego,
terceros tratarando de contener mi furia indómita. Sangre brotando de la
nariz de mi oponente y la generalizada certidumbre de encontrarse en
presencia de un espécimen fiero y peligrosamente inestable. Yo.
La
sorpresiva maniobra fue vista con buenos ojos por los indeseables de la
clase y aquellos que antes me maltrataron me recibían ahora con los
brazos abiertos.